Drembor avanzaba paulatinamente a lo largo del estrecho pasillo que atravesaba las mazmorras del palacio del rey Hollister XVIII. Ni siquiera él, que era el mejor herrero del castillo, conocía del todo los entresijos de aquel inhóspito lugar. Había pisado las mazmorras en muy reducidas ocasiones, y en todas ellas había ido acompañado de la guardia real. Sin embargo, en aquel momento tenía la urgente necesidad de visitar al consejero Abru Malsar por motivo de los recientes ataques a las aldeas del reino. Los bandidos, antaño peligrosos, ahora eran insoportables para los campesinos trabajadores. Todo ello requería de la elaboración de mas armamento para la infantería, la cual iba destinada a proteger el reino de los ataques enemigos, sometiendo a Drembor a un sinfín de tareas y vaivenes.
En aquel momento el joven herrero se encontraba enfrascado en un importante proyecto que consistía en la fabricación de una armadura para el consejero real. En las numerosas visitas que Abur Malsar daba a las aldeas atacadas o a las ciudades saqueadas, siempre se veía expuesto de algún salvaje maltrecho que quedaba suelto por el lugar; era por eso que le había pedido exclusivamente a Drembor la elaboración de una impecable armadura personal. El herrero se la hizo con gusto y volcándose por completo en el trabajo. Y era costumbre suya entregarle personalmente una pieza tan bien elaborada a alguien tan importante como lo era Abur.
El joven vestía una túnica verde que le llegaba hasta las rodillas, con un cinturón de plata en la cintura, una capa de color ocre sobre los hombros, un par de guantes envolviéndole las mañosas manos y dos ligeras botas de cuero bajo los pies. En aquel momento una capucha le envolvía la cabeza por motivo de las asquerosas goteras que caían del techo, la cual ocultaba una espléndida cabellera negra. A la espalda cargaba con un carcaj rebosante de afiladas flechas elaboradas por él mismo, además de la vieja espada que heredó de su padre.
Sus expectantes ojos azules observaban con suma atención el panorama que se cernía sobre él; las telarañas colgadas en cada esquina, rebosantes de bichos recién atrapados; las goteras, tan numerosas como si de un lluvial se trataran; las paredes, coloreadas de verde por causa del musgo que se formaba en ellas y de la poca higiene que había en el lugar; los esqueletos de algún pobre diablo que se había perdido en aquella mazmorra y que había encontrado la muerte…
Todo aquello inquietaba a Drembor, quien empezó a tararear una canción del pueblo para tranquilizarse. Con las manos llevaba la carretilla sobre la cual transportaba la armadura del consejero, echa de una aleación formada por mithril y otros metales muy valiosos. Una larga cota de malla junto con pectorales, hombreras, brazales, musleras y demás placas metálicas eras las piezas que formaban la espléndida armadura, la cual brillaba como si estuviese echa con diamantes.
De pronto un gemido rompió la monotonía del ambiente. Drembor, tras recuperar la compostura que perdió por causa del susto, desenfundó con rapidez la espada que llevaba a los hombros y se volvió hacia la dirección de la que provenían los gritos. El pasillo estaba vagamente iluminado por débiles antorchas, muchas de las cuales estaban apagadas a causa de las goteras, y la oscuridad solo permitía ver a unos seis metros de distancia. Un potente olor a podredumbre llegó hasta Drembor, quien dio un paso atrás ante tal apeste. Se tapó la cara con un pliegue de su capa y, agarrando la carretilla con la otra mano, decidió aventurarse a descubrir el origen de aquellos gemidos. Avanzó con cautela, soportando el horrible olor que se le filtraba por la nariz y controlando el creciente miedo que se le formaba ante los cada vez más fuertes gritos.
Entonces, tras algunos minutos de penosa marcha, le pareció divisar una celda iluminada por una flameante antorcha a unos cinco metros. Se le subió el corazón a la garganta cuando se dio cuenta de que la antorcha flotaba sola en el aire, como blandida por una mano invisible. Lo único que impidió que saliese corriendo como un cobarde fue el chillido de una mujer en la celda. Se aproximó lentamente, con la espada en diagonal sobre su pecho y firme, listo para atacar.
Hizo caso omiso de la antorcha flotante, la cual ni se inmutó ante la repentina presencia del muchacho. Toda su atención fue acaparada por la persona que había en la celda: Gilgaela, su amiga de la infancia.
No se lo podía creer. Se quedó unos segundos mirando para la muchacha. Iba malamente vestida con una túnica desgarrada, y llevaba los pies descalzos. Tenía muchas quemaduras en la cara y en los brazos, y el acastañado pelo manchado de sangre proveniente de los profundos cortes que tenía a lo largo de su torturado cuerpo. Estaba atada a unos grilletes que colgaban de la pared, con la cabeza caída sobre el pecho, como si no le quedasen fuerzas para mantenerla alzada.
-Gil…Gil…Gilgaela…-musitó Drembor temblando de pies a cabeza.
Ella levantó ligeramente la cabeza, mirando a Drembor a los ojos y tardando unos segundo en reconocerlo. Cuando lo hizo, entonó una débil sonrisa, ocultando ligeramente su anterior expresión de dolor. Intentó abrir la boca para decirle algo a Drembor, pero lo único que consiguió fue vomitar sangre. El herrero no se atrevió ni a imaginarse lo que debió de haber sufrido la joven. Se aproximó repentinamente a la celda, dejando la carretilla a un lado y agarrando los barrotes con fuerza, intentando aproximarse lo máximo a Gilgaela.
-Ayúdame.- musitó ella con dolor. Tenía la voz tan apagada y consumida que apenas se la oía.-Ayúdame…por favor.
De pronto, salido de una sombra, apareció un corpulento verdugo con un ensangrentado látigo en las manos. Golpeó a Gilgaela sin piedad, salpicando toda la celda con la sangre de la joven.
-¡¿Eh, que haces?!¡Déjala, cobarde!-gritó Drembor agitando los barrotes de la celda con sus manos.
El verdugo hizo caso omiso del joven y siguió golpeando a Gilgaela sin la menor muestra de compasión, arrancándole cachos de piel con cada latigazo. Aquello era demasiado para el joven herrero.
Con toda la práctica que había conseguido cazando en los bosques del reino, Drembor cogió su arco y sacó una flecha del carcaj. Con una puntería envidiable para todo arquero, el joven le dio un flechazo a través de los barrotes en la frente al verdugo, haciéndolo caer al suelo con un golpe preciso. La flecha quedó ahí, firme y clavada en la frente del hombre, acabando con su vida en cuestión de segundos. Gilgael rompió en lágrimas, derramando sangre por la espalda y por la boca.
-No se porque motivo te tienen retenida aquí, pero te voy a liberar.- dijo Drembor agarrando su espada con firmeza y aproximándose a una ligadura de los barrotes de la celda.
Usando la espada como cuña, el joven herrero hizo palanca en la ligadura de los barrotes, consiguiendo desencajarlos de su sitio. Demostrando poseer una fuerza envidiable, levantó los barrotes desencajados y los desplazó, dejando lugar a una abertura para acceder a la celda.
De pronto una voz increíblemente ronca resonó tras él:
-¿Cómo debo considerar esta acción tuya, Drembor?
El joven se volvió casi en un acto reflejo, con la espada en mano de una forma amenazadora. Allí estaba el consejero Abur Malsar, el hombre más siniestro y extravagante del castillo. Vestía un impecable jubón naranja que hacía juego con sus lujosos zapatos y su extraña capa, la cual estaba desgarrada en los bordes. Llevaba una cimitarra roja colgada de su dorado cinturón, con la cual decían que era capaz de hacer maravillas. Pero sin lugar a dudas lo que más destacaba de aquel hombre era su horrenda cara; había perdido la nariz en una lejana batalla, en su época como general de las fuerzas de Crum. Su creciente edad marcó el fin de su rango, pasando a convertirse en el principal consejero del rey. A pesar de ello continuaba siendo un guerrero formidable, por no decir que tenía una mente brillante en lo que se refería a guerrear.
-Señor…yo…-de entre las sombras surgió la guardia personal del consejero, todos armados con la suficiente fuerza como para destrozar a Drembor en menos de diez segundos.-…yo conozco a esta mujer.-dijo el muchacho señalando a Gilgael.
De pronto la muchacha se puso a temblar descontroladamente en cuanto vio aparecer a Abur y se tornó pálida. Los ojos parecían salírsele de las órbitas al observar el malicioso rostro del consejero.
-Esta mujer fue echa prisionera al descubrirse que formaba parte de unos bandidos muy peligroso. Si sigue con vida es tan solo porque mantenemos la esperanza de que nos cuenta lo que sepa sobre la banda para la que trabaja-añadió Abur con rotundidad.
-Pero…no puede ser. Yo la conozco y te puedo confirmar que es una buena persona.-replicó Drembor.
-La disyuntiva entre el bien y el mal es algo que todo ser humano posee. En todo momento somos libres de elegir a qué lado pertenecer. Es obvio que tu amiga acabó eligiendo su lado malvado con el tiempo, Drembor. La gente cambia…irremediablemente.
Dreambor bajó su espada. Tan solo había querido ayudar a una amiga, a una persona a la que creía pura e inocente; nada más lejos de la verdad. Ahora se daba cuenta de porqué su padre había sido siempre tan desconfiado.
-Considero que tu vida es mucho más valiosa que la del verdugo al que asesinaste, y por eso te excluyo este delito. Sin embargo te advierto que recapacites antes de ayudar a alguien, ¿de acuerdo?- dijo Abur Malsar.
-Si señor.- asintió Dreambor.
-¡No!-chilló Gilgael, la cual se había mantenido callada hasta ahora.-¡No le hagas caso, es un traidor a la corona, planea asesinar al rey!
Tras ese comentario siguió un incómodo silencio. A Drambor le costó analizar aquellas palabras, pero una vez las hubo digerido fulminó a Abur Malsar con una mirada inquisidora.
-¡No le hagas caso!- rugió el consejero.
Y, en un arrebato de cólera, desenfundó su cimitarra y se metió en la celda, aproximándose a la moribunda Gilgael.
-¡Dreambor, él mató a tu padre!- chilló Gilgael antes de que Abur Malsar le cortase el cuello.
La sangre emanó a borbotones, fluyendo a lo largo del pecho de la joven. Gilgael realizó un inútil intento de respirar, pero la sangre se le acumuló en la traquea, impidiendo el paso del aire. Antes de que la vida se le escapase con los últimos chorros de sangre, le dedicó una mirada suplicante a Dreambor, como si todavía le estuviese pidiendo piedad. Murió así, por falta de la credibilidad de la única persona que podía ayudarla, y originado por las mentiras de otros que buscaban el beneficio propio. Aquel pensamiento le vino a Dreambor a la cabeza.
Y entonces comprendió que ningún ladrón podría arriesgar su vida para rebelar una supuesta mentira. Aquella muerte podía haberse evitado. Su conciencia ya bastante chillaba ante aquella realidad; no iba a permitir que siguiese chillando por ignorar el sacrificio de Gilgael. Ella había muerto para hacer pagar a una persona horrible sus crímenes. No iba a deshonrar eso.
Abur Malsar seguía a lado del cadáver de Gilgael, limpiando la sangre que percorría el filo de su espada usando un trapo.
-No me gusta hacer esto, Dreambor. Pero no me dejó otra alternativa. Es una pena. Era una muchacha preciosa.- dijo el consejero de forma despreocupada, como si asesinar a alguien a sangre fría fuese lo mas normal que había echo.
El herrero, que hasta entonces había permanecido impasible en el sitio, avanzó hasta la celda y se colocó a lado de Abur. Antes siquiera de que el consejero advirtiese su presencia, el joven lo agarró y lo llevó a una esquina. Se colocó detrás del atemorizado hombre y le puso la espada de su padre sobre el cuello, amenazando con cortárselo de la misma forma que él se lo había cortado a Gilgael.
-¡¿Qué demonios estás haciendo muchacho?!- gritó el consejero con la voz más ronca que Dreambor le había escuchado.
-Pedirte explicaciones.- respondió con brusquedad. Echó una mirada a los guardias por encima del hombro de Abur, los cuales se quedaron desconcertados, sin saber que hacer.- ¡Soltad las armas o mato al consejero real!
Los guardias intercambiaron una mirada de incredulidad y escrutaron al consejero en busca de instrucciones.
-Oye chico, no se que pájaros se te habrán metido en la cabeza, pero si es por lo que dijo esa chica…te puedo jurar que es todo mentira.
-¡Dile a tus hombres que bajen las armas, o te juro que te rebano el pescuezo!- gritó Dreambor apretando su espada contra la garganta del consejero.
Tras recibir las órdenes de su señor, los guardianes tiraron sus armas al suelo y se hicieron a un lado.
-Muy bien.- dijo Dreambor con una sonrisa.- Muy bien. Ahora quiero que me expliques la muerte de mi padre, Lord Malsar.
El silencio se hizo en el ambiente.
-Murió a manos de unos bandidos, mientras me traía un cargamento de espadas recién fabricadas.-respondió el consejero.
-¡Mientes, he visto la verdad en los ojos de Gilgael antes de que la mataras!-replicó el joven respirando agitadamente.- Dime la verdad o juro que te mato aquí y ahora.
Abur no respondió al instante. Comenzó a sudar y a temblar ligeramente. Tragó saliva dos veces y observó a sus guardias, los cuales permanecían impasibles en el sitio.
-La verdad no te va a gustar.- dijo al fin.
Pero aquella respuesta no era satisfactoria. Dreambor apretó más aun la espada contra el cuello del consejero, haciendo caer un hilillo de sangre de esta.
-¡Vale, vale, te lo diré!- exclamó con sorna. Se limpió el sudor de la frente con permiso del herrero antes de continuar.- Tu padre, antes de ser herrero, fue un valiente caballero a servicio del reino de Crum.
“Durante una campaña destinada a las minas de Donaron, tu padre, que era conocido como el caballero Ranul, se destacó como uno de los mejores partícipes en la batalla. Siempre combatía con su flameante espada Nudram, que en el idioma común significa “sueño del mañana”. Y, por lo que veo, es la misma espada que ahora tengo pegada al pescuezo.
Abur hizo una pausa para tomar aire y relajarse un poco, pues recordar viejos tiempos le ocasionaba mucho estrés.
-Eres clavadito a él, Dreambor. Tienes sus mismos ojos inquisidores que tantas veces me fulminaron; su misma pose de caballero…- murmuró con una sonrisa en los labios.
De pronto, para gran sorpresa de Dreambor, unas lágrimas asomaron por los fríos ojos de Abur. Durante unos segundos el herrero llegó a sentir compasión por aquel hombre; luego recordó lo que le había echo a Gilgael y esa compasión se tornó en odio. Apretó más fuerte la espada, mostrándole a Abur una expresión de rabia contenida.
-Continúa.- le dijo.
-La campaña comenzó como acabó: siendo un desastre. Durante la travesía hasta las minas, los ejércitos del líder enano, el príncipe Durion II, tuvieron tantas bajas que algunos incluso llegaron a suicidarse para acelerar el inevitable momento de su muerte. Muy pocos llegaron a las minas, y de los que llegaron, muy pocos conservaban las esperanzas; solo el espíritu guerrero de Durion II mantenía encendida la llama bélica de los guerreros.
“Pero la llegada a la mina solo fue el principio. Nadie sabe con exactitud lo que pasó ahí adentro; hay muchas rumores y leyendas sobre lo que pasó, pero dudo que alguno sea cierto. Solo los que volvieron saben lo que pasó, y ninguno de los que mantienen la cordura se atreven a mencionar una sola palabra de lo que vivieron ahí abajo. Tu padre se incluyó entre los que volvieron, y no solo eso: volvió cuerdo y sano, y con el mismo espíritu guerrero con el que había ido.
“Sin embargo sus días de servir a la corona habían acabado. A pesar de que física y mentalmente parecía estar sano, el rey no se podía fiar de una persona que había sufrido lo que sufrió tu padre. No estaba confirmado que Ranul no hubiese sufrido secuelas, y si se arriesgaban a enviarlo a otra campaña, sus horribles recuerdo podrían hacerle perder la cordura y perjudicar al ejército real. Es por eso que tu padre sentó cabeza y se convirtió en el armero real.
“Pasaron veinticinco años. Lo que pasó durante ese tiempo ya lo sabes, puesto que lo viviste con él. Sin embargo tu padre siempre guardó con él los secretos que obtuvo de las minas. Un día en el que había bebido más de la cuenta en la taberna del pueblo, se puso a contar lo que sucedió ahí abajo. Nos contó como superaron los obstáculo de camino a Donaron; como entraron en el pozo y sufrieron los hechizos del lugar; y como llegaron a las puertas de piedra del centro de las minas, la guarida de los secretos más profundos de Donaron, y consiguieron abrirlas. Y entonces…entonces…”- Abur no fue capaz de acabar la frase. Se quedo ahí, de pie, sin poder articular palabra y temblando de pies a cabeza.
-¿Qué pasó después?-pregunto Dreambor con curiosidad.- ¡Habla!
-¡No lo sé!- rugió Abur con su rasposa voz.- No lo sé.-repitió de forma más calmada.- En cuento Ranul llegó a esa parte de la historia sufrió un ataque de nervios. Le dimos más vino para que se tranquilizase, y cuando recuperó la cordura se quedó dormido casi al instante.
Tras esas palabras, Abur se quedó pensativo y sudando más que nunca. Debido a su piel morena y curtida, daba la sensación de que era un muñeco de cera derritiéndose. Se quedó callado durante lo que parecieron horas, hasta que finalmente habló con la voz todavía más consumida de lo que estaba antes.
-Conseguimos sonsacarle algo durante su ataque de locura.-dijo, temblando y mirando a Dreambor de reojo. El joven supo que al fin iba a llegar al fondo de todo el asunto; al fondo de la muerte de su padre y a la de Gilgael. Abur continuó-Mientras gritaba agonizante palabras ininteligibles y sin lógica, conseguimos sonsacarle una que repetía con frecuencia y con temor: La energía elemental, también llamada la fuente del eterno poder.
Todo el sonido de la sala se fue como si alguien hubiera vaciado el mundo de todo ruido, por mínimo que fuera. Los guardias, clavados en el sitio como estatuas, no mostraron ni el menor gesto de comprensión alguna. Abur Malsar dedicó una mirada pícara hacia Dreambor, como si aquello le divirtiese. Y el propio Dreambor fulminó al consejero con una expresión de absoluta incredulidad.
-¿Qué demonios es “la energía elementa”, si se puede saber?- preguntó con el entrecejo fruncido.
-Yo tampoco sabía que significaba eso. Así que busqué información en la biblioteca real. Y tras meses de cansina búsqueda, logré hallar la respuesta…
Continuará.
sábado, 20 de marzo de 2010
El Sentido animal de Azaharys
El sentido animal de Azaharys
La lluvia precipitó sobre los restos de la batalla mientras Azaharys acariciaba las finas cuerdas de su laúd, arrancando monótonos e involuntarios acordes. No era intención suya producir música; simplemente se veía arrastrada por la costumbre de llevarse los dedos a su fiel instrumento cada vez que su mente se separaba del mundo real. En ese momento, acurrucada entre los restos de una casa destrozada que indudablemente había pertenecido a la recientemente sitiada ciudad de Ëinganrd, su mente se veía abrumada por el holocausto de horrores que acababa de presenciar.
La ciudad, aparentemente infranqueable, no pudo soportar el azote de los ejércitos del duque de Öucher, el hombre más vil de la zona. Arrastrado por sus ansias de poder, el duque lanzó un feroz ataque contra la ciudad, destrozando sus muros e invadiendo sus calles. Tras comprender que Ëingard estaba totalmente perdida, el villano ordenó la retirada de su ejército y pospuso su ataque definitivo para el amanecer. Solo faltaban unas horas para el último golpe…
Ahora, lo único que los ciudadanos de Ëingard podían hacer era esperar. Esperar a la hora de su último aliento. La mayoría de los habitantes habían perecido y sus edificaciones arrasadas. No tenían ningún medio para salir del inminente asedio.
-Io-ho io-ho, y una botella de ron.- murmuró Azaharys en un susurro casi inaudible, pronunciando paulatinamente cada sílaba como si fuese la última. Sus ojos, vacíos y distantes, presentaban la misma serenidad que su voz.
A su alrededor, los médicos atendían a los heridos, los soldados cargaban con los cadáveres de los muertos y los familiares de las víctimas corrían por las calles luciendo un pánico contagioso.
Mientras, una fina línea de luz asomaba por el horizonte, derramando un chorro anaranjada que le daba a la destrozada ciudad un tono todavía más tétrico. Ceniza y fuego; ruinas y cadáveres; sangre y terror. Todo en un mismo contexto.
Aquel paraje resultaba desalentador para cualquier corazón.
-¿Qué te trajo a este campo de batalla?
Azaharys, sumergida en sus pensamientos, no advirtió la presencia de un mercenario escondido entre los montones de escombro. La muchacha no sabría decir si el hombre estaba ahí en busca de reposo tras la ardua batalla o si había tomado posición en esa zona para continuar luchando ante la inminente llegada de los enemigos.
De todas formas, Azaharys no le dio importancia a la presencia del mercenario. Ignoró su pregunta y continuó tarareando mientras acariciaba las cuerdas del laúd. En ese momento nada ni nadie importaban.
-No pareces nativa de la zona. Si yo fuera tú, abandonaría este lugar. Aquí ya no queda nada por lo que luchar.
Aquella pregunta desconcertó ligeramente a Azaharys. Tal vez a causa de la conmoción que estar a las puertas de la muerte provocaba, la joven no pudo evitar replantearse el motivo por el que estaba allí…
Recordaba que siempre había sido una joven muy pícara. Frecuentaba los bosques y las montañas de su villa natal, cantando a los pájaros y narrando historias a los árboles. Los animales acudían a ella fervientes de oírla emplear su dulce y hermosa voz, y los robles parecían alzarse radiantes ante la presencia de la niña. Su orfandad siempre la había obligado a robar comida a los vecinos del pueblo y vivir bajo los fríos callejones. Cuando se sentía triste, siempre evocaba su estado de humor empleando su hermosa voz. Cantaba a los aldeanos y a los niños, y estos, al oírla, adquirían de inmediato las emociones que ella transmitía al entonar su música.
Por algún tipo de don, la joven Azaharys siempre tuvo la capacidad de cautivar a cualquier ser humano con su canto. La gente le dejaba dinero tras llorar a causa de sus baladas, o tras reír gracias a sus reconfortantes cánticos.
No tardó en reunir una pequeña fortuna empleando su extravagante don.
Con el dinero ganado consiguió pagarse una plaza a bordo del “Atlantis”, la magnífica fragata del capitán Hamberg. Decían que la diligencia de su capitán era directamente proporcional a la potencia de la nave. Tal fue la maestría del marinero, que de ser un humilde bucanero acabó encontrando su verdadera vocación, engendrado por las tentativas de su padre: ser un estrafalario pirata.
Durante su estancia a bordo del Atalantis, Azaharys confraternizó muy bien con los marineros. Les dedicó numerosas canciones y entonó infinidad de melodías para saciar el alegre espíritu de los tripulantes. También aprendió cánticos marineros, y acabó vociferándolos con la misma vehemencia con la que lo hacían los fervientes piratas.
El capitán del Atlantis, un hombre apasionado, macabro y extremadamente desconfiado, nunca llegó a sentir tanto aprecio por otra persona como lo hizo con Azaharys. Compensaba los malévolos sermones con los que su padre contaminaba su mente escuchando las baladas de la joven, y cuando entablaba algún saqueo contra los honrados comerciantes, siempre le pedía a Azaharys que levantara la moral de sus hombres tocando alguna sinfonía pirata.
Sin embargo, el capitán era un sujeto más extraordinario de lo que aparentaba. Cuando los mares se revolvían con furia entorno al Atlantis, Hamberg se colocaba de pie sobre la proa, alzando los brazos con furia y rugiendo al compás del viento. Su alocado gruñido, por algún extraño motivo, siempre lograba apaciguar las aguas y devolver la templanza al ambiente. Sus marineros deploraban con un creciente fanatismo cada una de las heroicas pero extravagantes intervenciones de su capitán ante el mar, y aunque sus espíritus piratas no se lo permitían reconocer, sentían cierto miedo hacia Hamberg.
Pasaron los años y la joven Azaharys pasó de ser una niña siniestra a convertirse en una atractiva mujer adulta. Los sentimientos de Hemberg hacia ella crecieron junto con los años, y su buen físico contribuyó al enamoramiento del pirata.
Un día, mientras Azaharys se bañaba en su privilegiado camarote, el hidalgo pirata entró con sigilo y la contempló con regocijo. Ella, tras advertir la presencia del capitán, se ruborizó a la par que se envolvía en una toalla para tapar sus intimidades. Con el agua hirviendo sobre su sonrojada piel, la muchacha preguntó:
-¿Quería algo, capitán?
El hombre se acercó aun más, de forma paulatina y suave. Llegó a acercarse tanto que incluso percibió el calor que el cuerpo de la joven irradiaba. Entonces, mientras le acariciaba el chorreante pelo, le susurró:
-Tengo algo que contarte.
Azaharys lo miró a los ojos, sustituyendo su vergüenza por pasión.
-¿De que se trata?- preguntó con una voz seductora.
El capitán, tras intuir las intenciones de la joven, retrocedió un paso entornando los ojos y dijo:
-Eh…se trata sobre tu extravagante don.
-¡Ah! Era eso…- Azaharys no supo si estaba avergonzada o decepcionada.- ¿Y que pasa con mi don?
-Que yo tengo uno igual.
Tras eso siguió una tensa y desconcertante pausa.
-Verás, Azaharys. Mi padre pertenece a una extraña secta fanática de…gente con poderes inéditos. Los miembros de esa secta son llamados los Xinëf. Sus características abarcan un amplio abanico de poderes; pueden convocar determinados factores de la naturaleza: al mar, al viento, a la luminosa luz del sol…o al sonido.- dijo mirando a la joven de soslayo.- A la larga, todo Xinëf debe abandonar la cómoda residencia de la secta y buscar su sentido animal.
-¿Sentido animal?
-Si. Es el destino que tienen reservado como motivo de sus poderes. Y según dice la leyenda, cuando un Xinëf cumple su sentido animal, se transforma en una criatura extraordinaria. Ese es el objetivo de todo Xinëf…y el objetivo que debes encontrar tu.-finalizó el capitán dándole la espalda a Azaharys para permitirle ponerse la ropa.
-¿Y cómo es posible que yo sea una Xinëf? Yo tengo este don desde que soy niña, nunca he pertenecido a ninguna secta. Ni siquiera tengo padres. Murieron cuando yo era muy pequeña, de una forma que a día de hoy desconozco.
Hamberg ensombreció el rostro.
-Acompáñame a la cubierta.- murmuró con un hilo de voz.
Azaharys lo obedeció y lo siguió tras haberse vestido. Llegó a la cubierta del barco, escrutando un hermoso ocaso en el horizonte. Entonces se percató del rostro del capitán: enaguado en lágrimas.
-El motivo de que poseas esos poderes se debe a que eres una bastarda Xinëf. El resultado de la fecundación de un Xinëf puro con una persona normal. Las bastardas como tu deben ser ejecutadas. Por eso murieron tus padre; el secreto de nuestros dones pueden ser descubiertos por causa de vuestra existencia. No podemos permitir eso.
Hamberg se acercó a Azaharys, desenfundando su cimitarra de pirata y aproximando su filo al cuello de la joven y hermosa mujer.
-El líder de la secta me ha prometido concederme un ducado si consigo darte muerte. Mi padre opina que debo ejecutarte cuanto antes…- entonces la miró a los ojos, derramando dos gruesas lágrimas a la vez que una espesa tormenta se cernía sobre el Atlantis, reflejando el dolor que sentía el capitán. Azaharys no pudo por menos espantarse y ceñirse a la idea de que iba a morir. No se podía creer la forma y el motivo por el que iba a ser ejecutada, y menos a manos de quien.-…sin embargo, yo opino que ese no es mi estilo.- añadió el pirata enjuagándose las lágrimas.
Y sin más preámbulos, lanzó a Azaharys al agua de una patada, siendo esta engullida por el fiero oleaje.
Irónicamente, la honradez del pirata había vencida a la ambición.
Justo cuando la joven creía que iba a morir ahogada, las aguas se calmaron casi al instante y la tormenta se disuadió como por arte de magia. Lo último que contempló antes de alejarse a nado fue una figura alzada sobre la proa del Atlantis…
Pasaron los años y Hamberg consiguió obtener su ducado. Se cambió el nombre por el
de Duque de Öucher, y, siguiendo las hipnóticas palabras de su malvado padre, comenzó una desorbitada campaña militar para conquistar las tierras de Ëingard y convertirse en uno de los hombres más poderoso del mundo. Por otra banda, la muchacha averiguó cual era su sentido animal: combatir las malvadas hordas de su ahora enemigo Duque de Öucher. Pasaron muchos años hasta que su deber la obligó a acudir a la capital de Ëingard para encararse a su enemigo. Pero no contaba con que el rumbo de la batalla corriera en su contra.
Azaharys, tocando de forma lenta y acompasada su fiel laúd mientras recordaba los sucesos que la llevaron allí, volvió de golpe a la realidad cuando una de las cuerdas de su instrumento se rompió. Desconcertada, volvió la cabeza hacia el horizonte, escrutando como la luz del amanecer iluminaba al ejército enemigo aparecer por una cercana colina. Entre las ordenadas filas que formaban los invasores, resaltaba la figura del padre del duque, el señor Nekot, alzado sobre su oscura cabalgadura y ataviado con una gruesa armadura. Colocándose al frente del ejército de su hijo, penetró a través de los destrozados muros de la ciudad, esparciéndose junto con sus soldados por las calles en ruinas y abatiendo con saña las escasas defensas de Ëingard.
Azaharys, aprovechando el caos que se formó con la aparición de las fuerzas enemigas, se escabulló por entre las tropas de Öucher como una liebre y huyó de la ciudad.
Su rumbo era la carroza del duque. Debía encararse de una vez por todas contra su amado enemigo.
Divisó la carroza a un kilómetro de la batalla. Era gris, cuadrada y grande, del tamaño de una casa. Unos veinte guardias se mantenían vigilantes con pose diligente ante las monturas.
Era un problema menor que podía solucionar sin contratiempos.
Antes de que pudieran dar la señal de alarma a causa de la presencia de la joven, esta ya había entonado una acompasada canción que sumió a los guardias en un profundo y placentero sueño. Con una sonrisa en los labios, la pícara Azaharys se armó con la espada de uno de los guardias y arremetió contra la cerradura de la puerta.
Allí, de espaldas y apostado ante un destartalado órgano musical, estaba su querido Hamberg. Desaliñado, con un traje negro y elegante y un rostro embriagado de dolor, el antiguo pirata tocaba una triste sinfonía en el órgano, produciendo deprimentes pero hermosas notas.
-Me he pasado años intentando imitar ese cautivador sonido que produces con tu voz; más no lo he conseguido ni una sola vez.- dijo el duque derramando dos lágrimas sobre el teclado de su órgano. No le había echo falta ni volverse para intuir quien había entrado por la puerta.
-Hoy todo habrá acabado.
El duque profirió en una honda carcajada. La muchacha sabía que no tenía muchas posibilidades de derrocarlo. Sin embargo, debía intentarlo por el bien de todos…
De pronto, un alarido de triunfo irrumpió en el campo de batalla. Trompetas, tambores, hogueras y horcas sonaron a lo lejos. Las tropas del duque habían ganado. Ëingard había sido conquistada al fin.
La muchacha sacó la cabeza por una de las ventanas de la carroza para observar el panorama. Un inmenso dragón rojo surcaba los cielos con elegancia. “¡Lo he conseguido, he ganado!”, rugía el dragón con una voz inconfundible: era la de Nekot, el padre de Hamberg. Al parecer, al fin había encontrado su sentido animal tras conquistar la ciudad de Ëingard.
El dragón, bailando a pos del cielo, no pudo evitar ver a Azaharys asomando su hermoso rostro por la ventana. “¡Tu!”, rugió con furia al verla. Y la muchacha vio reflejado en sus ojos todo el odio que canalizaba hacia ella. Su temor a perderlo todo ante la incierta muerte de la bastarda, el odio que la secta le había infligido a esa clase de gente…La existencia de Azaharys suponía su ruina.
El dragón bajó en espiral hacia la carroza de su hijo, escupiendo llamas por la boca y lanzando destellos azules por los ojos. Iba a destruir a la indefensa joven…
De pronto, un segundo dragón azul fundió el techo de la carroza y se lanzó como un rayo hacia Nekot. Ambos dragones se estrellaron en un holocausto de fuego y colores; rojo contra azul, fuego contra agua. Una inmensa onda expansiva barrió el campo de batalla a la par que los dos dragones se precipitaban hacia el suelo. El rojo tenía la cabeza cortada, y el azul una inmensa perforación en el pecho. Ambos se habían asesinado mutuamente.
Azaharys, perdida entre la destrozada carroza, se libró de una destartalada rueda y corrió hacia el dragón azul. Este cayó con un ruido sordo y se quedó donde estaba, retorciéndose de dolor y recuperando paulatinamente su forma humana: era Hamberg. El pirata intentó en vano ponerse en pie; más su magullado cuerpo le impidió mantenerse erguido. La muchacha se abalanzó sobre él con el rostro enaguado en lágrimas mientras observaba la horrenda herida que adornaba su pecho.
-Mi padre tenía el don de hipnotizar con sus maléficas palabras. Sin embargo, cuando me ordenó que te asesinara, no fui capaz de obedecer sus órdenes. Tal vez tu hermosa voz es más poderosa que sus mordaces palabras. No lo puedo saber. Lo único que sé es que salvarte a ti se ha convertido en mi sentido animal. Durante todos estos años, no he deseado más que tenerte de vuelta junto a mí. Lo único que deseo en el mundo es volver a oírte cantar una última vez. Solo quiero quedarme así… para siempre… oyendo tu música.
Azaharys se aproximó al órgano, el cual todavía se mantenía intacto, y cumplió los deseos de su amado. No supo cuanto tiempo estuvo tocando, ni cuan audible era su sonido. Solo supo que tocó como nunca antes lo había echo. Todos los soldados enemigos, ahora sin líder ni patria, liberaron a los presidiarios de Ëingard y abandonaron la asediada ciudad tras escuchar la sinfonía de Azaharys.
Los liberados ciudadanos, enternecidos por la música de la joven, emprendieron la reconstrucción de la ciudad. Ëingard, e merced de la balada de la joven, se estaba recuperando a una velocidad inaudita, de la misma forma que Hamberg había destruido al tiránico Nekot tras enamorarse de la voz de la joven…
Lo que a base de maldad había sido destruido, a base de bondad fue reconstruido. El duque Hamberg entonó una última sonrisa tras vaciar su cuerpo de toda existencia. Su último aliento de vida lo invirtió en darle un beso a la encantadora joven. Esta, contemplando cuan alta era la magnitud que su sinfonía había infligido en la moral de los habitantes de Ëingard, presenció como una luz envolvía su cuerpo e inundaba su alma…
Lo último que el pueblo de Ëingard contempló de la joven salvadora era un unicornio zarpando a través de los cielos, con una capa a modo de alas y un hermoso cántico emanando de su boca. La tierra por la que pasaba se tornaba fértil, próspera y pura. Los corazones ajenos se elevaban al escrutar tan cautivador sonido.
El sentido animal de Azaharys había sido cumplido.
La lluvia precipitó sobre los restos de la batalla mientras Azaharys acariciaba las finas cuerdas de su laúd, arrancando monótonos e involuntarios acordes. No era intención suya producir música; simplemente se veía arrastrada por la costumbre de llevarse los dedos a su fiel instrumento cada vez que su mente se separaba del mundo real. En ese momento, acurrucada entre los restos de una casa destrozada que indudablemente había pertenecido a la recientemente sitiada ciudad de Ëinganrd, su mente se veía abrumada por el holocausto de horrores que acababa de presenciar.
La ciudad, aparentemente infranqueable, no pudo soportar el azote de los ejércitos del duque de Öucher, el hombre más vil de la zona. Arrastrado por sus ansias de poder, el duque lanzó un feroz ataque contra la ciudad, destrozando sus muros e invadiendo sus calles. Tras comprender que Ëingard estaba totalmente perdida, el villano ordenó la retirada de su ejército y pospuso su ataque definitivo para el amanecer. Solo faltaban unas horas para el último golpe…
Ahora, lo único que los ciudadanos de Ëingard podían hacer era esperar. Esperar a la hora de su último aliento. La mayoría de los habitantes habían perecido y sus edificaciones arrasadas. No tenían ningún medio para salir del inminente asedio.
-Io-ho io-ho, y una botella de ron.- murmuró Azaharys en un susurro casi inaudible, pronunciando paulatinamente cada sílaba como si fuese la última. Sus ojos, vacíos y distantes, presentaban la misma serenidad que su voz.
A su alrededor, los médicos atendían a los heridos, los soldados cargaban con los cadáveres de los muertos y los familiares de las víctimas corrían por las calles luciendo un pánico contagioso.
Mientras, una fina línea de luz asomaba por el horizonte, derramando un chorro anaranjada que le daba a la destrozada ciudad un tono todavía más tétrico. Ceniza y fuego; ruinas y cadáveres; sangre y terror. Todo en un mismo contexto.
Aquel paraje resultaba desalentador para cualquier corazón.
-¿Qué te trajo a este campo de batalla?
Azaharys, sumergida en sus pensamientos, no advirtió la presencia de un mercenario escondido entre los montones de escombro. La muchacha no sabría decir si el hombre estaba ahí en busca de reposo tras la ardua batalla o si había tomado posición en esa zona para continuar luchando ante la inminente llegada de los enemigos.
De todas formas, Azaharys no le dio importancia a la presencia del mercenario. Ignoró su pregunta y continuó tarareando mientras acariciaba las cuerdas del laúd. En ese momento nada ni nadie importaban.
-No pareces nativa de la zona. Si yo fuera tú, abandonaría este lugar. Aquí ya no queda nada por lo que luchar.
Aquella pregunta desconcertó ligeramente a Azaharys. Tal vez a causa de la conmoción que estar a las puertas de la muerte provocaba, la joven no pudo evitar replantearse el motivo por el que estaba allí…
Recordaba que siempre había sido una joven muy pícara. Frecuentaba los bosques y las montañas de su villa natal, cantando a los pájaros y narrando historias a los árboles. Los animales acudían a ella fervientes de oírla emplear su dulce y hermosa voz, y los robles parecían alzarse radiantes ante la presencia de la niña. Su orfandad siempre la había obligado a robar comida a los vecinos del pueblo y vivir bajo los fríos callejones. Cuando se sentía triste, siempre evocaba su estado de humor empleando su hermosa voz. Cantaba a los aldeanos y a los niños, y estos, al oírla, adquirían de inmediato las emociones que ella transmitía al entonar su música.
Por algún tipo de don, la joven Azaharys siempre tuvo la capacidad de cautivar a cualquier ser humano con su canto. La gente le dejaba dinero tras llorar a causa de sus baladas, o tras reír gracias a sus reconfortantes cánticos.
No tardó en reunir una pequeña fortuna empleando su extravagante don.
Con el dinero ganado consiguió pagarse una plaza a bordo del “Atlantis”, la magnífica fragata del capitán Hamberg. Decían que la diligencia de su capitán era directamente proporcional a la potencia de la nave. Tal fue la maestría del marinero, que de ser un humilde bucanero acabó encontrando su verdadera vocación, engendrado por las tentativas de su padre: ser un estrafalario pirata.
Durante su estancia a bordo del Atalantis, Azaharys confraternizó muy bien con los marineros. Les dedicó numerosas canciones y entonó infinidad de melodías para saciar el alegre espíritu de los tripulantes. También aprendió cánticos marineros, y acabó vociferándolos con la misma vehemencia con la que lo hacían los fervientes piratas.
El capitán del Atlantis, un hombre apasionado, macabro y extremadamente desconfiado, nunca llegó a sentir tanto aprecio por otra persona como lo hizo con Azaharys. Compensaba los malévolos sermones con los que su padre contaminaba su mente escuchando las baladas de la joven, y cuando entablaba algún saqueo contra los honrados comerciantes, siempre le pedía a Azaharys que levantara la moral de sus hombres tocando alguna sinfonía pirata.
Sin embargo, el capitán era un sujeto más extraordinario de lo que aparentaba. Cuando los mares se revolvían con furia entorno al Atlantis, Hamberg se colocaba de pie sobre la proa, alzando los brazos con furia y rugiendo al compás del viento. Su alocado gruñido, por algún extraño motivo, siempre lograba apaciguar las aguas y devolver la templanza al ambiente. Sus marineros deploraban con un creciente fanatismo cada una de las heroicas pero extravagantes intervenciones de su capitán ante el mar, y aunque sus espíritus piratas no se lo permitían reconocer, sentían cierto miedo hacia Hamberg.
Pasaron los años y la joven Azaharys pasó de ser una niña siniestra a convertirse en una atractiva mujer adulta. Los sentimientos de Hemberg hacia ella crecieron junto con los años, y su buen físico contribuyó al enamoramiento del pirata.
Un día, mientras Azaharys se bañaba en su privilegiado camarote, el hidalgo pirata entró con sigilo y la contempló con regocijo. Ella, tras advertir la presencia del capitán, se ruborizó a la par que se envolvía en una toalla para tapar sus intimidades. Con el agua hirviendo sobre su sonrojada piel, la muchacha preguntó:
-¿Quería algo, capitán?
El hombre se acercó aun más, de forma paulatina y suave. Llegó a acercarse tanto que incluso percibió el calor que el cuerpo de la joven irradiaba. Entonces, mientras le acariciaba el chorreante pelo, le susurró:
-Tengo algo que contarte.
Azaharys lo miró a los ojos, sustituyendo su vergüenza por pasión.
-¿De que se trata?- preguntó con una voz seductora.
El capitán, tras intuir las intenciones de la joven, retrocedió un paso entornando los ojos y dijo:
-Eh…se trata sobre tu extravagante don.
-¡Ah! Era eso…- Azaharys no supo si estaba avergonzada o decepcionada.- ¿Y que pasa con mi don?
-Que yo tengo uno igual.
Tras eso siguió una tensa y desconcertante pausa.
-Verás, Azaharys. Mi padre pertenece a una extraña secta fanática de…gente con poderes inéditos. Los miembros de esa secta son llamados los Xinëf. Sus características abarcan un amplio abanico de poderes; pueden convocar determinados factores de la naturaleza: al mar, al viento, a la luminosa luz del sol…o al sonido.- dijo mirando a la joven de soslayo.- A la larga, todo Xinëf debe abandonar la cómoda residencia de la secta y buscar su sentido animal.
-¿Sentido animal?
-Si. Es el destino que tienen reservado como motivo de sus poderes. Y según dice la leyenda, cuando un Xinëf cumple su sentido animal, se transforma en una criatura extraordinaria. Ese es el objetivo de todo Xinëf…y el objetivo que debes encontrar tu.-finalizó el capitán dándole la espalda a Azaharys para permitirle ponerse la ropa.
-¿Y cómo es posible que yo sea una Xinëf? Yo tengo este don desde que soy niña, nunca he pertenecido a ninguna secta. Ni siquiera tengo padres. Murieron cuando yo era muy pequeña, de una forma que a día de hoy desconozco.
Hamberg ensombreció el rostro.
-Acompáñame a la cubierta.- murmuró con un hilo de voz.
Azaharys lo obedeció y lo siguió tras haberse vestido. Llegó a la cubierta del barco, escrutando un hermoso ocaso en el horizonte. Entonces se percató del rostro del capitán: enaguado en lágrimas.
-El motivo de que poseas esos poderes se debe a que eres una bastarda Xinëf. El resultado de la fecundación de un Xinëf puro con una persona normal. Las bastardas como tu deben ser ejecutadas. Por eso murieron tus padre; el secreto de nuestros dones pueden ser descubiertos por causa de vuestra existencia. No podemos permitir eso.
Hamberg se acercó a Azaharys, desenfundando su cimitarra de pirata y aproximando su filo al cuello de la joven y hermosa mujer.
-El líder de la secta me ha prometido concederme un ducado si consigo darte muerte. Mi padre opina que debo ejecutarte cuanto antes…- entonces la miró a los ojos, derramando dos gruesas lágrimas a la vez que una espesa tormenta se cernía sobre el Atlantis, reflejando el dolor que sentía el capitán. Azaharys no pudo por menos espantarse y ceñirse a la idea de que iba a morir. No se podía creer la forma y el motivo por el que iba a ser ejecutada, y menos a manos de quien.-…sin embargo, yo opino que ese no es mi estilo.- añadió el pirata enjuagándose las lágrimas.
Y sin más preámbulos, lanzó a Azaharys al agua de una patada, siendo esta engullida por el fiero oleaje.
Irónicamente, la honradez del pirata había vencida a la ambición.
Justo cuando la joven creía que iba a morir ahogada, las aguas se calmaron casi al instante y la tormenta se disuadió como por arte de magia. Lo último que contempló antes de alejarse a nado fue una figura alzada sobre la proa del Atlantis…
Pasaron los años y Hamberg consiguió obtener su ducado. Se cambió el nombre por el
de Duque de Öucher, y, siguiendo las hipnóticas palabras de su malvado padre, comenzó una desorbitada campaña militar para conquistar las tierras de Ëingard y convertirse en uno de los hombres más poderoso del mundo. Por otra banda, la muchacha averiguó cual era su sentido animal: combatir las malvadas hordas de su ahora enemigo Duque de Öucher. Pasaron muchos años hasta que su deber la obligó a acudir a la capital de Ëingard para encararse a su enemigo. Pero no contaba con que el rumbo de la batalla corriera en su contra.
Azaharys, tocando de forma lenta y acompasada su fiel laúd mientras recordaba los sucesos que la llevaron allí, volvió de golpe a la realidad cuando una de las cuerdas de su instrumento se rompió. Desconcertada, volvió la cabeza hacia el horizonte, escrutando como la luz del amanecer iluminaba al ejército enemigo aparecer por una cercana colina. Entre las ordenadas filas que formaban los invasores, resaltaba la figura del padre del duque, el señor Nekot, alzado sobre su oscura cabalgadura y ataviado con una gruesa armadura. Colocándose al frente del ejército de su hijo, penetró a través de los destrozados muros de la ciudad, esparciéndose junto con sus soldados por las calles en ruinas y abatiendo con saña las escasas defensas de Ëingard.
Azaharys, aprovechando el caos que se formó con la aparición de las fuerzas enemigas, se escabulló por entre las tropas de Öucher como una liebre y huyó de la ciudad.
Su rumbo era la carroza del duque. Debía encararse de una vez por todas contra su amado enemigo.
Divisó la carroza a un kilómetro de la batalla. Era gris, cuadrada y grande, del tamaño de una casa. Unos veinte guardias se mantenían vigilantes con pose diligente ante las monturas.
Era un problema menor que podía solucionar sin contratiempos.
Antes de que pudieran dar la señal de alarma a causa de la presencia de la joven, esta ya había entonado una acompasada canción que sumió a los guardias en un profundo y placentero sueño. Con una sonrisa en los labios, la pícara Azaharys se armó con la espada de uno de los guardias y arremetió contra la cerradura de la puerta.
Allí, de espaldas y apostado ante un destartalado órgano musical, estaba su querido Hamberg. Desaliñado, con un traje negro y elegante y un rostro embriagado de dolor, el antiguo pirata tocaba una triste sinfonía en el órgano, produciendo deprimentes pero hermosas notas.
-Me he pasado años intentando imitar ese cautivador sonido que produces con tu voz; más no lo he conseguido ni una sola vez.- dijo el duque derramando dos lágrimas sobre el teclado de su órgano. No le había echo falta ni volverse para intuir quien había entrado por la puerta.
-Hoy todo habrá acabado.
El duque profirió en una honda carcajada. La muchacha sabía que no tenía muchas posibilidades de derrocarlo. Sin embargo, debía intentarlo por el bien de todos…
De pronto, un alarido de triunfo irrumpió en el campo de batalla. Trompetas, tambores, hogueras y horcas sonaron a lo lejos. Las tropas del duque habían ganado. Ëingard había sido conquistada al fin.
La muchacha sacó la cabeza por una de las ventanas de la carroza para observar el panorama. Un inmenso dragón rojo surcaba los cielos con elegancia. “¡Lo he conseguido, he ganado!”, rugía el dragón con una voz inconfundible: era la de Nekot, el padre de Hamberg. Al parecer, al fin había encontrado su sentido animal tras conquistar la ciudad de Ëingard.
El dragón, bailando a pos del cielo, no pudo evitar ver a Azaharys asomando su hermoso rostro por la ventana. “¡Tu!”, rugió con furia al verla. Y la muchacha vio reflejado en sus ojos todo el odio que canalizaba hacia ella. Su temor a perderlo todo ante la incierta muerte de la bastarda, el odio que la secta le había infligido a esa clase de gente…La existencia de Azaharys suponía su ruina.
El dragón bajó en espiral hacia la carroza de su hijo, escupiendo llamas por la boca y lanzando destellos azules por los ojos. Iba a destruir a la indefensa joven…
De pronto, un segundo dragón azul fundió el techo de la carroza y se lanzó como un rayo hacia Nekot. Ambos dragones se estrellaron en un holocausto de fuego y colores; rojo contra azul, fuego contra agua. Una inmensa onda expansiva barrió el campo de batalla a la par que los dos dragones se precipitaban hacia el suelo. El rojo tenía la cabeza cortada, y el azul una inmensa perforación en el pecho. Ambos se habían asesinado mutuamente.
Azaharys, perdida entre la destrozada carroza, se libró de una destartalada rueda y corrió hacia el dragón azul. Este cayó con un ruido sordo y se quedó donde estaba, retorciéndose de dolor y recuperando paulatinamente su forma humana: era Hamberg. El pirata intentó en vano ponerse en pie; más su magullado cuerpo le impidió mantenerse erguido. La muchacha se abalanzó sobre él con el rostro enaguado en lágrimas mientras observaba la horrenda herida que adornaba su pecho.
-Mi padre tenía el don de hipnotizar con sus maléficas palabras. Sin embargo, cuando me ordenó que te asesinara, no fui capaz de obedecer sus órdenes. Tal vez tu hermosa voz es más poderosa que sus mordaces palabras. No lo puedo saber. Lo único que sé es que salvarte a ti se ha convertido en mi sentido animal. Durante todos estos años, no he deseado más que tenerte de vuelta junto a mí. Lo único que deseo en el mundo es volver a oírte cantar una última vez. Solo quiero quedarme así… para siempre… oyendo tu música.
Azaharys se aproximó al órgano, el cual todavía se mantenía intacto, y cumplió los deseos de su amado. No supo cuanto tiempo estuvo tocando, ni cuan audible era su sonido. Solo supo que tocó como nunca antes lo había echo. Todos los soldados enemigos, ahora sin líder ni patria, liberaron a los presidiarios de Ëingard y abandonaron la asediada ciudad tras escuchar la sinfonía de Azaharys.
Los liberados ciudadanos, enternecidos por la música de la joven, emprendieron la reconstrucción de la ciudad. Ëingard, e merced de la balada de la joven, se estaba recuperando a una velocidad inaudita, de la misma forma que Hamberg había destruido al tiránico Nekot tras enamorarse de la voz de la joven…
Lo que a base de maldad había sido destruido, a base de bondad fue reconstruido. El duque Hamberg entonó una última sonrisa tras vaciar su cuerpo de toda existencia. Su último aliento de vida lo invirtió en darle un beso a la encantadora joven. Esta, contemplando cuan alta era la magnitud que su sinfonía había infligido en la moral de los habitantes de Ëingard, presenció como una luz envolvía su cuerpo e inundaba su alma…
Lo último que el pueblo de Ëingard contempló de la joven salvadora era un unicornio zarpando a través de los cielos, con una capa a modo de alas y un hermoso cántico emanando de su boca. La tierra por la que pasaba se tornaba fértil, próspera y pura. Los corazones ajenos se elevaban al escrutar tan cautivador sonido.
El sentido animal de Azaharys había sido cumplido.
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