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sábado, 20 de marzo de 2010

El Alquimista

Drembor avanzaba paulatinamente a lo largo del estrecho pasillo que atravesaba las mazmorras del palacio del rey Hollister XVIII. Ni siquiera él, que era el mejor herrero del castillo, conocía del todo los entresijos de aquel inhóspito lugar. Había pisado las mazmorras en muy reducidas ocasiones, y en todas ellas había ido acompañado de la guardia real. Sin embargo, en aquel momento tenía la urgente necesidad de visitar al consejero Abru Malsar por motivo de los recientes ataques a las aldeas del reino. Los bandidos, antaño peligrosos, ahora eran insoportables para los campesinos trabajadores. Todo ello requería de la elaboración de mas armamento para la infantería, la cual iba destinada a proteger el reino de los ataques enemigos, sometiendo a Drembor a un sinfín de tareas y vaivenes.
En aquel momento el joven herrero se encontraba enfrascado en un importante proyecto que consistía en la fabricación de una armadura para el consejero real. En las numerosas visitas que Abur Malsar daba a las aldeas atacadas o a las ciudades saqueadas, siempre se veía expuesto de algún salvaje maltrecho que quedaba suelto por el lugar; era por eso que le había pedido exclusivamente a Drembor la elaboración de una impecable armadura personal. El herrero se la hizo con gusto y volcándose por completo en el trabajo. Y era costumbre suya entregarle personalmente una pieza tan bien elaborada a alguien tan importante como lo era Abur.
El joven vestía una túnica verde que le llegaba hasta las rodillas, con un cinturón de plata en la cintura, una capa de color ocre sobre los hombros, un par de guantes envolviéndole las mañosas manos y dos ligeras botas de cuero bajo los pies. En aquel momento una capucha le envolvía la cabeza por motivo de las asquerosas goteras que caían del techo, la cual ocultaba una espléndida cabellera negra. A la espalda cargaba con un carcaj rebosante de afiladas flechas elaboradas por él mismo, además de la vieja espada que heredó de su padre.
Sus expectantes ojos azules observaban con suma atención el panorama que se cernía sobre él; las telarañas colgadas en cada esquina, rebosantes de bichos recién atrapados; las goteras, tan numerosas como si de un lluvial se trataran; las paredes, coloreadas de verde por causa del musgo que se formaba en ellas y de la poca higiene que había en el lugar; los esqueletos de algún pobre diablo que se había perdido en aquella mazmorra y que había encontrado la muerte…
Todo aquello inquietaba a Drembor, quien empezó a tararear una canción del pueblo para tranquilizarse. Con las manos llevaba la carretilla sobre la cual transportaba la armadura del consejero, echa de una aleación formada por mithril y otros metales muy valiosos. Una larga cota de malla junto con pectorales, hombreras, brazales, musleras y demás placas metálicas eras las piezas que formaban la espléndida armadura, la cual brillaba como si estuviese echa con diamantes.
De pronto un gemido rompió la monotonía del ambiente. Drembor, tras recuperar la compostura que perdió por causa del susto, desenfundó con rapidez la espada que llevaba a los hombros y se volvió hacia la dirección de la que provenían los gritos. El pasillo estaba vagamente iluminado por débiles antorchas, muchas de las cuales estaban apagadas a causa de las goteras, y la oscuridad solo permitía ver a unos seis metros de distancia. Un potente olor a podredumbre llegó hasta Drembor, quien dio un paso atrás ante tal apeste. Se tapó la cara con un pliegue de su capa y, agarrando la carretilla con la otra mano, decidió aventurarse a descubrir el origen de aquellos gemidos. Avanzó con cautela, soportando el horrible olor que se le filtraba por la nariz y controlando el creciente miedo que se le formaba ante los cada vez más fuertes gritos.
Entonces, tras algunos minutos de penosa marcha, le pareció divisar una celda iluminada por una flameante antorcha a unos cinco metros. Se le subió el corazón a la garganta cuando se dio cuenta de que la antorcha flotaba sola en el aire, como blandida por una mano invisible. Lo único que impidió que saliese corriendo como un cobarde fue el chillido de una mujer en la celda. Se aproximó lentamente, con la espada en diagonal sobre su pecho y firme, listo para atacar.
Hizo caso omiso de la antorcha flotante, la cual ni se inmutó ante la repentina presencia del muchacho. Toda su atención fue acaparada por la persona que había en la celda: Gilgaela, su amiga de la infancia.
No se lo podía creer. Se quedó unos segundos mirando para la muchacha. Iba malamente vestida con una túnica desgarrada, y llevaba los pies descalzos. Tenía muchas quemaduras en la cara y en los brazos, y el acastañado pelo manchado de sangre proveniente de los profundos cortes que tenía a lo largo de su torturado cuerpo. Estaba atada a unos grilletes que colgaban de la pared, con la cabeza caída sobre el pecho, como si no le quedasen fuerzas para mantenerla alzada.
-Gil…Gil…Gilgaela…-musitó Drembor temblando de pies a cabeza.
Ella levantó ligeramente la cabeza, mirando a Drembor a los ojos y tardando unos segundo en reconocerlo. Cuando lo hizo, entonó una débil sonrisa, ocultando ligeramente su anterior expresión de dolor. Intentó abrir la boca para decirle algo a Drembor, pero lo único que consiguió fue vomitar sangre. El herrero no se atrevió ni a imaginarse lo que debió de haber sufrido la joven. Se aproximó repentinamente a la celda, dejando la carretilla a un lado y agarrando los barrotes con fuerza, intentando aproximarse lo máximo a Gilgaela.
-Ayúdame.- musitó ella con dolor. Tenía la voz tan apagada y consumida que apenas se la oía.-Ayúdame…por favor.
De pronto, salido de una sombra, apareció un corpulento verdugo con un ensangrentado látigo en las manos. Golpeó a Gilgaela sin piedad, salpicando toda la celda con la sangre de la joven.
-¡¿Eh, que haces?!¡Déjala, cobarde!-gritó Drembor agitando los barrotes de la celda con sus manos.
El verdugo hizo caso omiso del joven y siguió golpeando a Gilgaela sin la menor muestra de compasión, arrancándole cachos de piel con cada latigazo. Aquello era demasiado para el joven herrero.
Con toda la práctica que había conseguido cazando en los bosques del reino, Drembor cogió su arco y sacó una flecha del carcaj. Con una puntería envidiable para todo arquero, el joven le dio un flechazo a través de los barrotes en la frente al verdugo, haciéndolo caer al suelo con un golpe preciso. La flecha quedó ahí, firme y clavada en la frente del hombre, acabando con su vida en cuestión de segundos. Gilgael rompió en lágrimas, derramando sangre por la espalda y por la boca.
-No se porque motivo te tienen retenida aquí, pero te voy a liberar.- dijo Drembor agarrando su espada con firmeza y aproximándose a una ligadura de los barrotes de la celda.
Usando la espada como cuña, el joven herrero hizo palanca en la ligadura de los barrotes, consiguiendo desencajarlos de su sitio. Demostrando poseer una fuerza envidiable, levantó los barrotes desencajados y los desplazó, dejando lugar a una abertura para acceder a la celda.
De pronto una voz increíblemente ronca resonó tras él:
-¿Cómo debo considerar esta acción tuya, Drembor?
El joven se volvió casi en un acto reflejo, con la espada en mano de una forma amenazadora. Allí estaba el consejero Abur Malsar, el hombre más siniestro y extravagante del castillo. Vestía un impecable jubón naranja que hacía juego con sus lujosos zapatos y su extraña capa, la cual estaba desgarrada en los bordes. Llevaba una cimitarra roja colgada de su dorado cinturón, con la cual decían que era capaz de hacer maravillas. Pero sin lugar a dudas lo que más destacaba de aquel hombre era su horrenda cara; había perdido la nariz en una lejana batalla, en su época como general de las fuerzas de Crum. Su creciente edad marcó el fin de su rango, pasando a convertirse en el principal consejero del rey. A pesar de ello continuaba siendo un guerrero formidable, por no decir que tenía una mente brillante en lo que se refería a guerrear.
-Señor…yo…-de entre las sombras surgió la guardia personal del consejero, todos armados con la suficiente fuerza como para destrozar a Drembor en menos de diez segundos.-…yo conozco a esta mujer.-dijo el muchacho señalando a Gilgael.
De pronto la muchacha se puso a temblar descontroladamente en cuanto vio aparecer a Abur y se tornó pálida. Los ojos parecían salírsele de las órbitas al observar el malicioso rostro del consejero.
-Esta mujer fue echa prisionera al descubrirse que formaba parte de unos bandidos muy peligroso. Si sigue con vida es tan solo porque mantenemos la esperanza de que nos cuenta lo que sepa sobre la banda para la que trabaja-añadió Abur con rotundidad.
-Pero…no puede ser. Yo la conozco y te puedo confirmar que es una buena persona.-replicó Drembor.
-La disyuntiva entre el bien y el mal es algo que todo ser humano posee. En todo momento somos libres de elegir a qué lado pertenecer. Es obvio que tu amiga acabó eligiendo su lado malvado con el tiempo, Drembor. La gente cambia…irremediablemente.
Dreambor bajó su espada. Tan solo había querido ayudar a una amiga, a una persona a la que creía pura e inocente; nada más lejos de la verdad. Ahora se daba cuenta de porqué su padre había sido siempre tan desconfiado.
-Considero que tu vida es mucho más valiosa que la del verdugo al que asesinaste, y por eso te excluyo este delito. Sin embargo te advierto que recapacites antes de ayudar a alguien, ¿de acuerdo?- dijo Abur Malsar.
-Si señor.- asintió Dreambor.
-¡No!-chilló Gilgael, la cual se había mantenido callada hasta ahora.-¡No le hagas caso, es un traidor a la corona, planea asesinar al rey!
Tras ese comentario siguió un incómodo silencio. A Drambor le costó analizar aquellas palabras, pero una vez las hubo digerido fulminó a Abur Malsar con una mirada inquisidora.
-¡No le hagas caso!- rugió el consejero.
Y, en un arrebato de cólera, desenfundó su cimitarra y se metió en la celda, aproximándose a la moribunda Gilgael.
-¡Dreambor, él mató a tu padre!- chilló Gilgael antes de que Abur Malsar le cortase el cuello.
La sangre emanó a borbotones, fluyendo a lo largo del pecho de la joven. Gilgael realizó un inútil intento de respirar, pero la sangre se le acumuló en la traquea, impidiendo el paso del aire. Antes de que la vida se le escapase con los últimos chorros de sangre, le dedicó una mirada suplicante a Dreambor, como si todavía le estuviese pidiendo piedad. Murió así, por falta de la credibilidad de la única persona que podía ayudarla, y originado por las mentiras de otros que buscaban el beneficio propio. Aquel pensamiento le vino a Dreambor a la cabeza.
Y entonces comprendió que ningún ladrón podría arriesgar su vida para rebelar una supuesta mentira. Aquella muerte podía haberse evitado. Su conciencia ya bastante chillaba ante aquella realidad; no iba a permitir que siguiese chillando por ignorar el sacrificio de Gilgael. Ella había muerto para hacer pagar a una persona horrible sus crímenes. No iba a deshonrar eso.
Abur Malsar seguía a lado del cadáver de Gilgael, limpiando la sangre que percorría el filo de su espada usando un trapo.
-No me gusta hacer esto, Dreambor. Pero no me dejó otra alternativa. Es una pena. Era una muchacha preciosa.- dijo el consejero de forma despreocupada, como si asesinar a alguien a sangre fría fuese lo mas normal que había echo.
El herrero, que hasta entonces había permanecido impasible en el sitio, avanzó hasta la celda y se colocó a lado de Abur. Antes siquiera de que el consejero advirtiese su presencia, el joven lo agarró y lo llevó a una esquina. Se colocó detrás del atemorizado hombre y le puso la espada de su padre sobre el cuello, amenazando con cortárselo de la misma forma que él se lo había cortado a Gilgael.
-¡¿Qué demonios estás haciendo muchacho?!- gritó el consejero con la voz más ronca que Dreambor le había escuchado.
-Pedirte explicaciones.- respondió con brusquedad. Echó una mirada a los guardias por encima del hombro de Abur, los cuales se quedaron desconcertados, sin saber que hacer.- ¡Soltad las armas o mato al consejero real!
Los guardias intercambiaron una mirada de incredulidad y escrutaron al consejero en busca de instrucciones.
-Oye chico, no se que pájaros se te habrán metido en la cabeza, pero si es por lo que dijo esa chica…te puedo jurar que es todo mentira.
-¡Dile a tus hombres que bajen las armas, o te juro que te rebano el pescuezo!- gritó Dreambor apretando su espada contra la garganta del consejero.
Tras recibir las órdenes de su señor, los guardianes tiraron sus armas al suelo y se hicieron a un lado.
-Muy bien.- dijo Dreambor con una sonrisa.- Muy bien. Ahora quiero que me expliques la muerte de mi padre, Lord Malsar.
El silencio se hizo en el ambiente.
-Murió a manos de unos bandidos, mientras me traía un cargamento de espadas recién fabricadas.-respondió el consejero.
-¡Mientes, he visto la verdad en los ojos de Gilgael antes de que la mataras!-replicó el joven respirando agitadamente.- Dime la verdad o juro que te mato aquí y ahora.
Abur no respondió al instante. Comenzó a sudar y a temblar ligeramente. Tragó saliva dos veces y observó a sus guardias, los cuales permanecían impasibles en el sitio.
-La verdad no te va a gustar.- dijo al fin.
Pero aquella respuesta no era satisfactoria. Dreambor apretó más aun la espada contra el cuello del consejero, haciendo caer un hilillo de sangre de esta.
-¡Vale, vale, te lo diré!- exclamó con sorna. Se limpió el sudor de la frente con permiso del herrero antes de continuar.- Tu padre, antes de ser herrero, fue un valiente caballero a servicio del reino de Crum.
“Durante una campaña destinada a las minas de Donaron, tu padre, que era conocido como el caballero Ranul, se destacó como uno de los mejores partícipes en la batalla. Siempre combatía con su flameante espada Nudram, que en el idioma común significa “sueño del mañana”. Y, por lo que veo, es la misma espada que ahora tengo pegada al pescuezo.
Abur hizo una pausa para tomar aire y relajarse un poco, pues recordar viejos tiempos le ocasionaba mucho estrés.
-Eres clavadito a él, Dreambor. Tienes sus mismos ojos inquisidores que tantas veces me fulminaron; su misma pose de caballero…- murmuró con una sonrisa en los labios.
De pronto, para gran sorpresa de Dreambor, unas lágrimas asomaron por los fríos ojos de Abur. Durante unos segundos el herrero llegó a sentir compasión por aquel hombre; luego recordó lo que le había echo a Gilgael y esa compasión se tornó en odio. Apretó más fuerte la espada, mostrándole a Abur una expresión de rabia contenida.
-Continúa.- le dijo.
-La campaña comenzó como acabó: siendo un desastre. Durante la travesía hasta las minas, los ejércitos del líder enano, el príncipe Durion II, tuvieron tantas bajas que algunos incluso llegaron a suicidarse para acelerar el inevitable momento de su muerte. Muy pocos llegaron a las minas, y de los que llegaron, muy pocos conservaban las esperanzas; solo el espíritu guerrero de Durion II mantenía encendida la llama bélica de los guerreros.
“Pero la llegada a la mina solo fue el principio. Nadie sabe con exactitud lo que pasó ahí adentro; hay muchas rumores y leyendas sobre lo que pasó, pero dudo que alguno sea cierto. Solo los que volvieron saben lo que pasó, y ninguno de los que mantienen la cordura se atreven a mencionar una sola palabra de lo que vivieron ahí abajo. Tu padre se incluyó entre los que volvieron, y no solo eso: volvió cuerdo y sano, y con el mismo espíritu guerrero con el que había ido.
“Sin embargo sus días de servir a la corona habían acabado. A pesar de que física y mentalmente parecía estar sano, el rey no se podía fiar de una persona que había sufrido lo que sufrió tu padre. No estaba confirmado que Ranul no hubiese sufrido secuelas, y si se arriesgaban a enviarlo a otra campaña, sus horribles recuerdo podrían hacerle perder la cordura y perjudicar al ejército real. Es por eso que tu padre sentó cabeza y se convirtió en el armero real.
“Pasaron veinticinco años. Lo que pasó durante ese tiempo ya lo sabes, puesto que lo viviste con él. Sin embargo tu padre siempre guardó con él los secretos que obtuvo de las minas. Un día en el que había bebido más de la cuenta en la taberna del pueblo, se puso a contar lo que sucedió ahí abajo. Nos contó como superaron los obstáculo de camino a Donaron; como entraron en el pozo y sufrieron los hechizos del lugar; y como llegaron a las puertas de piedra del centro de las minas, la guarida de los secretos más profundos de Donaron, y consiguieron abrirlas. Y entonces…entonces…”- Abur no fue capaz de acabar la frase. Se quedo ahí, de pie, sin poder articular palabra y temblando de pies a cabeza.
-¿Qué pasó después?-pregunto Dreambor con curiosidad.- ¡Habla!
-¡No lo sé!- rugió Abur con su rasposa voz.- No lo sé.-repitió de forma más calmada.- En cuento Ranul llegó a esa parte de la historia sufrió un ataque de nervios. Le dimos más vino para que se tranquilizase, y cuando recuperó la cordura se quedó dormido casi al instante.
Tras esas palabras, Abur se quedó pensativo y sudando más que nunca. Debido a su piel morena y curtida, daba la sensación de que era un muñeco de cera derritiéndose. Se quedó callado durante lo que parecieron horas, hasta que finalmente habló con la voz todavía más consumida de lo que estaba antes.
-Conseguimos sonsacarle algo durante su ataque de locura.-dijo, temblando y mirando a Dreambor de reojo. El joven supo que al fin iba a llegar al fondo de todo el asunto; al fondo de la muerte de su padre y a la de Gilgael. Abur continuó-Mientras gritaba agonizante palabras ininteligibles y sin lógica, conseguimos sonsacarle una que repetía con frecuencia y con temor: La energía elemental, también llamada la fuente del eterno poder.
Todo el sonido de la sala se fue como si alguien hubiera vaciado el mundo de todo ruido, por mínimo que fuera. Los guardias, clavados en el sitio como estatuas, no mostraron ni el menor gesto de comprensión alguna. Abur Malsar dedicó una mirada pícara hacia Dreambor, como si aquello le divirtiese. Y el propio Dreambor fulminó al consejero con una expresión de absoluta incredulidad.
-¿Qué demonios es “la energía elementa”, si se puede saber?- preguntó con el entrecejo fruncido.
-Yo tampoco sabía que significaba eso. Así que busqué información en la biblioteca real. Y tras meses de cansina búsqueda, logré hallar la respuesta…
Continuará.